martes, 3 de enero de 2012

Rabia

Desde mi suerte y mi inocencia debo decir que nadie me habla mal en mi día a día. No soporto que la gente levante la voz, me parece una falta de respeto. Me duele que me griten, que se dirijan a mí sin consideración, que la gente se deje llevar y se comunique con chillidos y portazos. Pero ya os digo que a mí me ha sucedido en raras ocasiones.


Sin embargo hoy me han hablado mal. Muy mal. Y que quede claro que yo no tenía nada de culpa, que la señora será muy buena en su trabajo pero no es capaz de entender un procedimiento de lo más sencillo. 


Esta tipa -cuyo nombre no revelaré por respeto a la revista y desde luego no hacia ella- con la que me había puesto en contacto por asuntos laborales, me ha tratado con el menor respeto con que me habían tratado nunca. Con el menor respeto que se puede tener en una conversación telefónica. Con un ego que no le cabía en el cuerpo. Me ha ninguneado, me ha acusado de "no saber quién era ella", se ha echado todas las flores del mundo, apenas me ha dejado responder... Os puedo asegurar que yo soy de lágrima fácil pero SÓLO he sentido rabia. He querido contestarla que todo ese prestigio lo anulaba la conversación que estábamos manteniendo, que esos modales y esa forma de hablar no encajaban con nuestra forma de trabajar y que ya no teníamos interés en publicarla, que se fuera con su vanidad de paseo y que pobre la gente que tuviera que lidiar con ella cada día.


Evidentemente no he hecho nada de eso, sino que asombrada de mi autocontrol y con toda mi tranquilidad le he ido respondiendo en los breves momentos en que me dejaba intervenir. Disculpas y agradecimientos -por nada- para conseguir que se callara y unos nervios que me han dejado agotada.


Ojalá si algún día soy alguien con reputación en mi ámbito laboral -sea el que sea-, nunca sea así. Como si fuera el centro del universo cuando sólo soy una más. Ojalá vosotros tampoco.

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